Esta semana leemos la perashá Reé (Devarim 11:26-16:17), en la que Moshé, en sus discursos finales antes de que el pueblo cruce el Jordán, repite una palabra que aparece de forma destacada: simjá —alegría—.
Aunque en los demás libros de la Torá casi no se menciona, en Devarim aparece doce veces, y siete de ellas en esta perashá.
Es llamativo, porque la historia del pueblo hasta ese momento estuvo marcada por sufrimiento, rebeliones y desafíos. Sin embargo, Moshé enfatiza que en la Tierra Prometida la alegría será esencial. Y no se trata de una alegría individual, sino compartida: simjá es un gozo colectivo, un “nosotros” y no un “yo”.

Moshé repite que esa alegría debe incluir a todos: hijos e hijas, siervos, levitas, prosélitos, huérfanos y viudas. La simjá se vive en comunidad, en las festividades y en los actos de agradecimiento a Dios, asegurando que nadie quede afuera.
El mensaje es claro: la verdadera prueba no será el sufrimiento, sino la abundancia. La riqueza y la seguridad pueden llevar al olvido de Dios y a la indiferencia hacia los demás. La forma de evitarlo es compartir nuestras bendiciones y transformar la alegría en un acto de unidad y servicio a Dios.
La simjá —la alegría compartida— es la señal de una sociedad sagrada.













