A veces, lo que parece una ofensa es solo un malentendido… y nuestra reacción marca la diferencia.
Un proveedor llama alterado:
—¡Tu cheque no tiene fondos! —me dice, acusándome de engañarlo.
Sorprendido, le respondo:
—¿El de 7.500 dólares? No puede ser, lo recibí de la constructora.
Un silencio incómodo… luego, su tono cambia por completo:
—Tu pedido está listo en la bodega —me dice, como si nada hubiera pasado.
Al llegar, su secretaria se disculpa: todo había sido una confusión.
Estos episodios son más comunes de lo que creemos. La pregunta es: ¿cómo reaccionamos? ¿Asumimos que el otro actuó con mala intención o nos damos el espacio para pensar que pudo haber un error?

Otra vez, un cliente me dio un cheque… escrito con un lápiz de tinta invisible. En el banco, parecía una broma pesada. Al llamarlo, descubrí que no había engaño: era un lápiz especial para marcar telas, regalo para su hija que estudiaba costura.
Un amigo mío pagó el arriendo con un cheque que el banco había bloqueado… hacía un año, cuando le robaron la cartera a su esposa. Durante la limpieza de Pesaj, su hija encontró el talonario “perdido” y lo devolvió al escritorio, sin saber que no servía. El propietario, indignado, lo acusó de falta de seriedad… hasta que escuchó la historia real y pidió disculpas.
Nuestros sabios enseñan a juzgar favorablemente. No se trata de ingenuidad, sino de reconocer que, si buscamos primero el bien, evitaremos roces, malentendidos, Lashón Hará y rupturas innecesarias.
En nuestras manos está elegir: ¿queremos ser generadores de paz o propagadores de sospecha?













