Hoy deseo compartir con ustedes un mensaje inspirado en las palabras del Rav Avigdor Miller ztz”l, un mensaje que nos invita a mirar el mundo con nuevos ojos y, sobre todo, con un nuevo sonido: el canto dirigido a Hashem.
Se nos pregunta: ¿Acaso el canto —las canciones, los zemirot de Shabat y también los de los días de semana— pueden considerarse avodat Hashem? Y la respuesta es clara: no sólo pueden serlo, sino que deben serlo.
El pasuk nos lo dice cada día: “Shirú Lo, zamrú Lo” —Cántenle, háganle música. Pero muchas veces cumplimos con el Lo —para Él— sin cumplir con el shirah. Decimos “gracias”, pero no cantamos las gracias. Repetimos palabras, pero sin entusiasmo, sin alegría verdadera, sin sentir la bondad inmensa que Hashem derrama sobre nosotros a cada instante.
Lo primero, entonces, es comprender una verdad fundamental: este es un mundo bueno. Así lo declara la Torá: “Vayaar Elokim… vehiné tov meod”. Y así lo concluyó David Hamelej: “Olam jésed yibané” —el mundo está construido sobre bondad.
Cuando una persona internaliza esta verdad —no como una idea abstracta, sino como una realidad cotidiana— comienza a sentir una felicidad profunda simplemente por el hecho de estar vivo. Aun sin riquezas, aun con desafíos, la vida misma es un regalo extraordinario.

Y cuando esa alegría entra al corazón, surge naturalmente la necesidad de cantar.
El Rav nos enseña que debemos aprender a cantar a Hashem durante todo el día: “L’haguid babóker jasdeja, ve’emunáteja balelót” —hablar de Su bondad por la mañana y de Su fidelidad por la noche. El canto no es un adorno: es avodat Hashem, un servicio auténtico y elevado.
Pero no cualquier canto. Cantar sin sentido, sin pensamiento, sin gratitud, es una pérdida de tiempo. Cantar vanidades —ilusiones como los romances vacíos de este mundo— es perder la voz en lo que no nutre al alma.
Hashem quiere que cantemos sobre Él, sobre Su bondad, Sus milagros, la maravilla del mundo que nos regaló.
Cantar en la mesa de Shabat, entonces, no debe ser una costumbre mecánica: debe ser un acto consciente, con pensamiento, con intención, con corazón. Cada zemer de Shabat contiene ideas elevadas, mundos enteros de emuná y gratitud.
El Rav incluso nos invita a cantar cuando caminamos por la calle, cuando nadie nos escucha, bajo el ruido de un tren o entre los autos. ¡Qué acto tan simple y tan profundo! Cantarle a Hashem porque podemos oír, porque nuestro cuerpo funciona, porque el milagro del sonido ocurre en nuestro propio cerebro, porque las maravillas de la creación nos acompañan a cada segundo.
Hay tanto por lo cual cantar que una vida entera no alcanza.
Y quien aprende a cantar aquí, en este mundo, no sólo vive más feliz, sino que merece una recompensa eterna. Tal como dicen nuestros Sabios:
“Kol ha’omer shirah b’olam hazeh—zocéh v’omráh le’olam habá.”
Quien canta a Hashem en este mundo, será digno de cantarle para siempre en el Mundo Venidero.
Querida comunidad: que aprendamos a cantar.
Que aprendamos a ver la bondad.
Que llenemos nuestras casas, nuestras calles y nuestros corazones con canciones a Hashem.
Porque un alma que canta es un alma que reconoce.
Y un alma que reconoce es un alma que está viva.













