Cosas Que Damos Por Sentadas

Vivimos en una generación donde la velocidad nos ha hecho olvidar el valor de lo cotidiano. Corremos detrás de preocupaciones, obligaciones y deseos, pero rara vez nos detenemos a contemplar los milagros silenciosos que Hashem renueva frente a nosotros cada día.

Nos despertamos por la mañana y asumimos que es algo normal. Respiramos, caminamos, vemos, escuchamos y pensamos que todo eso nos pertenece naturalmente. Sin embargo, basta observar a alguien que atraviesa una enfermedad, una dificultad física o un momento de sufrimiento para comprender que nada debe darse por sentado.

Nuestros sabios instituyeron bendiciones para casi cada aspecto de la vida diaria precisamente para enseñarnos a vivir con conciencia y gratitud. Una bendición antes de comer, al despertar, al ver la naturaleza, al escuchar buenas noticias. No porque Hashem necesite nuestras palabras, sino porque nosotros necesitamos recordar.

La persona agradecida nunca vive vacía. Quien aprende a agradecer descubre riqueza incluso en aquello que parecía simple.

A veces creemos que los grandes milagros son únicamente aquellos que cambian la historia. Pero el judaísmo nos enseña que también existe santidad en lo cotidiano: en el funcionamiento del cuerpo, en el abrazo de una familia, en poder sentarse bajo el sol, en tener fuerzas para comenzar un nuevo día.

El rey David escribió en Tehilim: “Todo ser que respira alabará a Hashem”. Nuestros comentaristas explican: por cada respiración, hay un motivo para agradecer. Imaginemos entonces cuántas bendiciones pasan delante de nosotros sin que siquiera las notemos.

Con frecuencia, recién valoramos algo cuando lo perdemos. Valoramos la salud después de la enfermedad, el tiempo después de la ausencia y la tranquilidad después de la angustia. Pero la sabiduría espiritual consiste justamente en aprender a valorar antes de perder.

La gratitud transforma la manera en que vivimos. Una persona agradecida enfrenta las dificultades con más fortaleza, mira el mundo con más humildad y reconoce que cada día es un regalo y no una obligación garantizada.

Que podamos abrir más los ojos del alma para reconocer las incontables bondades que Hashem derrama sobre nosotros constantemente. Que nunca perdamos la capacidad de emocionarnos por las cosas simples y que aprendamos a vivir con más conciencia, más humildad y más agradecimiento.

Porque quien aprende a agradecer por lo pequeño, termina descubriendo la grandeza de toda la vida.