Nos reunimos hoy alrededor de una de las preguntas más antiguas, más dolorosas y más humanas que existen. Una pregunta que no nace de la curiosidad intelectual, sino del corazón herido:
¿Por qué suceden desgracias a gente buena?
No hablamos aquí de las dificultades normales de la vida —las frustraciones, los tropiezos, las pruebas cotidianas— sino de sufrimientos que quiebran el alma: la muerte prematura, el dolor de un niño que no llega a crecer, enfermedades devastadoras, tragedias colectivas que marcan a generaciones enteras. Frente a estos hechos, incluso la fe más profunda tiembla, y la pregunta no es un desafío a Di-s, sino un grito.
Debemos decirlo con honestidad y humildad: no existe una respuesta simple. Quien promete una explicación breve y cerrada no está siendo fiel ni al dolor humano ni a la Torá. El judaísmo no nos ofrece una fórmula para anular el sufrimiento, pero sí una perspectiva que nos permite sostenernos cuando el dolor parece insoportable.
La base de esta perspectiva es comprender quiénes somos realmente.
El judaísmo enseña que el ser humano no es sólo cuerpo ni sólo alma, sino una unidad profunda entre ambos. El cuerpo es visible, tangible, vulnerable. El alma, en cambio, es espiritual, invisible, eterna. No la vemos con los ojos, pero la reconocemos en aquello que nos conmueve profundamente: la música que eleva, el amor que no se agota, el acto de bondad que deja huella más allá del momento. Todo eso no pertenece al cuerpo, sino al alma.

Cuando una persona muere, el cuerpo vuelve a la tierra, como enseña la Torá. Pero el alma retorna a su fuente, al Creador. La vida no termina; cambia de plano. Esta creencia no es marginal ni simbólica: es uno de los pilares centrales de la fe judía. Nuestros Sabios hablaron cientos de veces del Olam Habá, el Mundo Venidero, no como una metáfora, sino como una realidad.
Este mundo —dicen— es un vestíbulo. El otro es el palacio. Aquí se siembra; allí se cosecha. Y no todas las cosechas son iguales, porque no todas las vidas recorren el mismo camino ni enfrentan las mismas pruebas.
Aquí tocamos un punto delicado, que debe decirse con extremo cuidado: el sufrimiento no es un castigo automático ni una señal de culpa. Jamás debemos mirar a quien sufre y pensar que “algo habrá hecho”. Esa idea es ajena a la Torá y cruel con el ser humano. Pero sí enseñan nuestros Sabios que, en ciertos casos, el sufrimiento puede actuar como un refinamiento del alma, permitiéndole alcanzar un nivel de plenitud espiritual que no habría logrado a través de una vida cómoda.
No es una elección consciente de la persona. Nadie pide sufrir. Es una decisión divina que trasciende nuestra comprensión. Incluso Moshé Rabenu preguntó por qué el justo sufre y el malvado prospera, y la respuesta fue clara: hay límites que la mente humana no puede atravesar.
Di-s gobierna como un padre que conoce profundamente a cada uno de sus hijos. A uno lo corrige con suavidad; a otro, con firmeza. Desde afuera, los hijos no siempre entienden la diferencia. Pero saben —o aprenden con el tiempo— que no hay arbitrariedad ni crueldad, sino un amor que ve más lejos de lo que ellos pueden ver.
Esta fe es la que sostuvo a nuestro pueblo a lo largo de la historia. ¿Cómo pudieron generaciones enteras enfrentar persecuciones, expulsiones, pogroms y exterminios sin perder su dignidad ni su esperanza? Porque sabían que esta vida no es la totalidad, que el alma no muere, que ninguna lágrima es ignorada y que ningún dolor es en vano, aun cuando no podamos comprenderlo ahora.
No estamos llamados a justificar el sufrimiento, ni a romantizarlo. Estamos llamados a acompañar, a llorar con quien llora, a aliviar el dolor donde esté en nuestras manos, y a sostener la fe incluso cuando no hay respuestas claras. La Torá no nos pide entender todo; nos pide confiar y actuar con bondad.













