Esta semana leemos la perashá Ki Tetzé (Devarim/Deuteronomio 21:10–25:19), una de las más extensas de toda la Torá. Hacia su final aparece una de las mitzvot más llamativas y difíciles de entender: el mandato de recordar lo que nos hizo Amalek, no olvidar nunca, y borrar su memoria de debajo del cielo. La Torá nos ordena, con una triple insistencia, mantener vivo este recuerdo.
A primera vista, resulta extraño. Los egipcios esclavizaron al pueblo de Israel durante siglos, los oprimieron con trabajos forzados y hasta intentaron exterminarlos al decretar que todo varón hebreo fuese ahogado en el Nilo. En cambio, Amalek atacó una sola vez, en el camino, y fue derrotado. Sin embargo, sobre Egipto la Torá dice: “No aborrecerás al egipcio, porque fuiste extranjero en su tierra”. Y sobre Amalek, en cambio, la Torá dice: “Recuerda”, “no olvides”, “borra su memoria”. ¿Cómo se explica esta diferencia?
La enseñanza es profunda: existen dos clases de odio. Está el odio racional, que aunque injustificado tiene alguna lógica. El temor de Egipto hacia los hebreos era irracional en el sentido de ser injusto, pero tenía una causa: el recuerdo de los hicsos, invasores extranjeros que en el pasado se habían adueñado del país. Esa memoria alimentó el miedo de que los israelitas fuesen una amenaza interna. Este tipo de odio puede, con el tiempo, mitigarse y hasta desaparecer, porque se puede dialogar con él, mostrarle razones, dejar atrás sus causas.

Pero el odio de Amalek es distinto. Amalek atacó cuando Israel estaba cansado, herido y débil. No había ninguna amenaza ni razón. Fue un odio gratuito, irracional, sin causa. Y justamente por eso, la Torá nos enseña que ese odio es eterno. No se puede convencer, no se puede calmar, no se puede apagar. Solo se puede recordar, estar alertas y combatirlo cuando se presenta.
Nuestros sabios explican que el antisemitismo es el ejemplo paradigmático de este odio irracional. A lo largo de los siglos, las acusaciones contra el pueblo judío han sido contradictorias y absurdas: que somos ricos y pobres, capitalistas y comunistas, aislados e infiltrados en todas partes. Nos acusaron de envenenar pozos, de matar niños, de controlar el mundo. Ninguna lógica lo sostiene, pero persiste generación tras generación. Ese es el odio de Amalek, el odio irracional.
Por eso, esta semana, al leer Ki Tetzé, recordamos que nuestra tarea no es solo luchar contra enemigos visibles, sino también contra la irracionalidad del odio gratuito. Amalek no murió, y el antisemitismo moderno lo demuestra. Pero tampoco murió Am Israel. Contra toda lógica histórica, seguimos vivos, seguimos recordando y seguimos construyendo. Esta es nuestra victoria: la permanencia del pueblo judío frente al odio irracional, con la fuerza de la Torá, la fe en Hashem y la convicción de que el amor, la memoria y la verdad siempre prevalecerán.













