En la Yeshivá donde diariamente se estudia Torá, día y noche sin interrupción, cada uno en su turno, ocurre algo especial. Allí no solo hay clases magistrales, sino también el dulce sonido del estudio en jabrutá, compañeros que repasan juntos y profundizan en la Palabra de Hashem. Yo mismo estudio con mi compañero por las tardes, hasta la llegada del anochecer.
Quiero compartir un hecho sorprendente que presenciamos esta semana. Una pareja de estudiosos estaba sumergida en un tema profundo de Cábala. Luchaban con un pasaje difícil, intentando encontrar claridad, pero sin éxito. Como cada noche, un hombre de larga barba blanca ingresó a limpiar la sala. Con sus guantes descartables en las manos, recogía bancos, ordenaba libros, fregaba el piso y limpiaba los baños. De repente, dejó el balde y el escurridor a un lado, se acercó a ellos, y comenzó a explicar con precisión ese pasaje complicado. Para nuestro asombro, aquel hombre sencillo, encargado de la limpieza, era en realidad un sabio erudito en los secretos de la Torá.

Al presenciar esto, recordé de inmediato la historia del Rashash HaKadosh. Hace unos trescientos años, en Jerusalén, vivía el Rav Guedalia Jayun, Rosh Yeshivá de Beit El, la gran casa de estudios de los cabalistas. Un joven yemenita llamado Shalom pidió trabajo como shamash, conserje. Con diligencia y humildad limpiaba y atendía la Yeshivá. Nadie sospechaba su grandeza oculta. Pero cada vez que surgía una pregunta difícil en el estudio, al día siguiente el Rav encontraba una nota sobre su pupitre con la respuesta, escrita con claridad sorprendente. Tras repetirse esto varias veces, descubrieron que era el humilde Shalom quien escribía las respuestas.
El Rav Guedalia lo llamó y le dijo: “Rav Shalom, eres más grande que todos nosotros; desde ahora serás el Rosh Yeshivá en mi lugar”. Shalom rechazó, con humildad, y solo tras insistencia aceptó servir como vice Rosh Yeshivá. Tiempo después se convirtió en el líder del Beit El, y es recordado hasta hoy como Rabí Shalom Mizraji Sharabi, el Rashash, uno de los más grandes comentaristas de la Cábala del Arizal. Entre sus discípulos se contaron gigantes como el Jidá y otros sabios que iluminaron generaciones.
Esta historia nos deja una enseñanza profunda. El Rashash ocultó su grandeza bajo el velo de la humildad. Y su maestro, con la misma grandeza de espíritu, supo reconocer que su alumno lo superaba. Ambos nos muestran el valor eterno de la anavá —la humildad— y del recato. Nuestros talentos, nuestro entendimiento y nuestras virtudes no nos pertenecen; son regalos de Hashem. Y así como los recibimos, debemos usarlos con modestia, respeto y gratitud.
Aprendamos de aquel “limpiador cabalista” y del Rashash HaKadosh: que en la vida lo esencial no es ser reconocido, sino servir con fidelidad; no es brillar por orgullo, sino iluminar con humildad. Que podamos vivir de esa manera, con nuestras familias, amigos y comunidad, siempre conscientes de que todo proviene de HaKadosh Baruj Hu.













