El mes de Av nos enfrenta, cada año, a una dolorosa paradoja: es el mes que recuerda nuestras mayores tragedias colectivas, y a la vez, encierra en su interior las semillas de la redención y la esperanza.
Desde la destrucción de ambos Bet Hamikdash —nuestros Templos Sagrados— hasta los horrores más recientes de la historia judía, como el Holocausto, el mes de Av nos recuerda que el dolor no es ajeno a nuestro pueblo. No por castigo, sino por destino. Porque como descendientes de Abraham Avinu, portamos una misión que muchas veces nos expone, pero nunca nos anula. Es en esa exposición que se revela el pacto eterno con HaShem.
Le dijo HaShem a Abraham: “Tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no es suya… serán esclavizados y oprimidos” (Bereshit 15). Esta no fue una maldición, sino un pacto. La historia judía nos confirma que, a pesar de las persecuciones, no hemos desaparecido. Nos hemos levantado una y otra vez, recordando quiénes somos, y más aún, quiénes debemos ser.
El signo de este mes es el león, símbolo de fuerza. Pero también es el mes en que falleció Aarón HaKohen, hombre de paz. Esto nos enseña que la verdadera grandeza no reside en la fuerza bruta, sino en el espíritu que busca armonía y elevación. Por eso el dolor de Av no debe leerse como un castigo sin sentido, sino como una oportunidad de retorno, de introspección, de reconstrucción.

No debemos olvidar que el 9 de Av, el mismo día en que lloramos las tragedias más grandes, es también el día en que —según nos enseña el Talmud— nacerá el Mashíaj. Porque la redención siempre se gesta en el punto más profundo del exilio. Así como una semilla debe descomponerse bajo tierra antes de dar fruto, así también el pueblo judío, tras cada caída, ha sabido levantarse con una nueva luz.
Y apenas seis días después del 9 de Av, llega el 15 de Av, Tu beAv, un día de alegría, unión y renovación. Un día que, en tiempos del Templo, marcaba bodas y nuevos comienzos. No es casual. Nos recuerda que tras la destrucción, viene la reconstrucción. Que el dolor es real, pero no eterno. Que la oscuridad es profunda, pero no definitiva.
Que este mes de Av inspire a transformar el duelo en motivación, la memoria en acción, y el compromiso con la Torá, el pueblo y la tierra de Israel, en el camino más sólido hacia la Gueulá. Que no nos acostumbremos a la tristeza, sino que la santifiquemos con el anhelo de un futuro mejor. Y que en mérito del esfuerzo por elevar lo físico hacia lo espiritual, veamos pronto el consuelo verdadero de Tzión y Yerushalayim.













