Está escrito en la Torá:
“Yo soy Hashem, vuestro Di-s, que os he apartado de los pueblos… y distinguirán entre el animal puro y el impuro… y serán santos para Mí, porque Yo, Hashem, soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis Míos” (Vaikrá 20:24-26).
Este versículo no es solamente una declaración histórica, sino un recordatorio constante de nuestra identidad espiritual como pueblo. Hashem, en Su infinita sabiduría y bondad, nos entregó una guía de vida. Cada mitzvá que nos fue dada, incluso aquellas cuyo sentido no comprendemos por completo, fue establecida para nuestro bienestar, para preservar la pureza de nuestra alma y elevarnos por encima de lo mundano.
El Séfer Hajinuj nos enseña que incluso cuando no logramos captar la razón de una mitzvá, debemos tener la certeza de que emana de la fuente suprema de inteligencia y bondad. Es un acto de amor, no de imposición. Y por ello, nuestro deber es obedecer con alegría y gratitud, y no cuestionar los designios del Creador.
Respecto a las leyes de pureza e impureza —especialmente las relacionadas con la alimentación— nuestros Sabios advirtieron que no se trata meramente de un efecto físico, sino de un impacto espiritual profundo. La comida no kasher insensibiliza el alma, entorpece el corazón y nubla la conciencia. Así como el olfato se acostumbra al mal olor, también el alma, si no se cuida, puede adormecerse ante lo impuro.
El Jafetz Jaim nos brinda una poderosa analogía: quien trabaja en un ambiente de perfumes, percibe enseguida lo desagradable. Pero quien pasa al mundo de los malos olores, si permanece allí el tiempo suficiente, deja de notarlos. Así también quien se expone a lo prohibido, sin darse cuenta, deja de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo puro y lo impuro.

Por ello, el cuidado en lo que ingerimos no es una simple costumbre: es un acto de santidad, de conexión con Hashem, de afirmación de nuestra identidad como pueblo separado para un propósito más elevado. Cada elección consciente de comida kasher es una declaración espiritual que deja una huella en lo más profundo de nuestra alma.
Nuestros Sabios nos enseñaron: “Ba-derej she-adam rotzé leilej, molijin oto” — En el camino en que la persona desea andar, por allí será conducido. Si uno anhela sinceramente seguir el camino correcto, el Cielo le enviará ayuda, e incluso los ángeles creados por sus pensamientos positivos lo sostendrán en su andar.
Las historias transmitidas por nuestros antepasados —como aquel soldado que murió antes de profanar su boca con alimento prohibido, o aquel viajero que fue guiado hacia una casa con alimentos kasher en secreto— no son anécdotas, sino testimonios de que la recompensa por la fidelidad a la Halajá existe, y a veces incluso se manifiesta en esta vida, con milagros visibles y protección celestial.
Vivimos en un tiempo donde lo superficial muchas veces se impone sobre lo esencial. Donde lo impuro se presenta como normal. Pero la Torá nos exige estar atentos, separar, distinguir. Ser un pueblo que vive con conciencia, con sensibilidad espiritual, con responsabilidad.
Que Hashem nos conceda el mérito de elevarnos en Kedushá (santidad), de cuidar nuestras almas como cuidamos nuestros cuerpos, de nutrirnos con pureza, y de preparar el camino para la Gueulá Shelemá, la redención completa, con prontitud y misericordia.













