El Miedo de Que Reconozcan Que Eres Judío en la Calle

Esta semana leí un testimonio profundamente conmovedor que nos invita a reflexionar sobre algo que, lamentablemente, muchos judíos aún sienten en distintos rincones del mundo: el temor de ser reconocidos como judíos.

La autora relataba cómo un joven de Jabad se le acercó en la calle y le preguntó, con naturalidad y calidez: “¿Eres judía?”. Aquella simple pregunta la descolocó. En su historia personal, esa frase evocó generaciones enteras de dolor, de huida, de silencios. Su abuela, sobreviviente del Holocausto, había aprendido a ocultar su identidad, a “parecer” una más, para poder sobrevivir.

Cuántos de nuestros antepasados, amados hermanos y hermanas, vivieron bajo esa misma tensión: ser y no parecer. Existir como judíos en lo íntimo, pero ocultarlo en lo público. Esa herida, transmitida de generación en generación, aún late en la memoria de nuestro pueblo.

Sin embargo, la historia que leemos hoy también nos muestra el reverso luminoso. A pesar del miedo, la mujer respondió: “Sí, soy judía”. Una afirmación sencilla, pero cargada de siglos de valentía.

Nuestros Sabios enseñan que Kidush Hashem —santificar el Nombre de Dios— no siempre se hace en el martirio o en la grandeza, sino también en esos pequeños actos cotidianos: cuando encendemos las velas de Shabat, cuando respondemos con bondad, cuando llevamos nuestra identidad con dignidad y sin vergüenza.

Vivimos tiempos donde el antisemitismo vuelve a mostrarse con rostros conocidos. Pero también vivimos una época de redención, en la que más judíos que nunca están volviendo a su esencia, estudiando Torá, cumpliendo mitzvot, y diciendo con orgullo: “Sí, soy judío”.

No debemos temer ser vistos. Nuestro pueblo no sobrevive por esconderse, sino por alumbrar. Cada kipá, cada Magen David, cada vela encendida el viernes al atardecer, es una declaración silenciosa pero poderosa de que la luz del pueblo de Israel no se apaga, incluso después de las noches más oscuras.

Que aprendamos de nuestras abuelas y de nuestras madres la fuerza de resistir, pero también la valentía de ser. Que seamos, como dice la Torá, “or laGoyim”, una luz para las naciones, sin miedo, con orgullo y con fe.