¡Que la Maldad Sea Destruida!

Nos reunimos hoy para reflexionar, con humildad y con verdad, sobre una de las plegarias más profundas y exigentes de nuestra Amidá: la bendición número doce, aquella que clama para que la maldad sea destruida y para que los malvados —los que odian el bien, los que odian a Hashem— no tengan cabida entre nosotros.

Es importante recordar que esta bendición no formó parte del texto original compuesto por los Anshei Kneset HaGuedolá. Fue incorporada siglos más tarde, tras la destrucción del Segundo Templo, cuando surgieron enemigos internos que desviaron al pueblo del camino de la Torá. Desde entonces, cada generación ha tenido sus propios “malshinim”, delatores y perturbadores, que buscan quebrar nuestra unidad, nuestras tribus, nuestra esencia.

La bendición comienza diciendo: “Ve-lamalshinim al tehi tikvá” —que los delatores no tengan esperanza. Y podríamos preguntarnos: ¿cómo es posible que pidamos quitarle a alguien su esperanza, si precisamente la esperanza es lo que mantiene con vida al ser humano? La respuesta es clara: los verdaderos malvados son aquellos que ya renunciaron por sí mismos a la esperanza, porque renunciaron a la verdad, renunciaron a la Neshamá, renunciaron a la luz. No pedimos su destrucción por crueldad; pedimos que la maldad que representan desaparezca del mundo.

Nuestros Sabios nos enseñan que Hashem no desea destruir a ningún ser humano. Desea que todos hagan teshuvá. Lo vemos en el relato de Rabi Meir y su esposa, Bruria: él quiso maldecir al pecador; ella le mostró que el versículo dice “que desaparezcan los pecados”, no los pecadores. Cuando Rabi Meir cambió su plegaria, el hombre retornó al buen camino. Ese es el objetivo: eliminar el mal, no a las personas.

Y sin embargo, amados hermanos y hermanas, hay momentos en la historia —como los que vivimos hoy— en que el mal se levanta con espada en mano, no solo para dañarnos, sino para aniquilarnos. En esos momentos, la Torá no nos pide pasividad: nos pide defender la vida. La vida propia, la vida del prójimo, la vida del pueblo entero. Pedimos Shalom, vivimos por el Shalom, pero no somos un pueblo ingenuo; somos un pueblo que sabe que la paz verdadera requiere firmeza, fe y unidad.

La bendición nos habla también de los delatores, en un sentido profundo y cotidiano: aquellos que siembran discordia, que hablan de más, que exponen intimidades ajenas, que introducen veneno en las relaciones. No hace falta levantar un arma para destruir una vida: a veces basta una palabra mal usada. Por eso pedimos que Hashem elimine esa tendencia negativa de dentro nuestro; que destruya el yetzer hará que se disfraza de preocupación, de justicia, de opinión necesaria.

Pedimos también que los enemigos de Hashem —no nuestros enemigos personales— sean eliminados “meherá”, rápidamente. No por venganza, sino por claridad: cuando alguien se opone al Emet, cuando desprecia la santidad, cuando niega lo que es sagrado, nuestra respuesta no puede ser indiferencia.

Y sin embargo, vuelvo a repetirlo con fuerza: no pedimos la muerte de ningún pueblo. No odiamos a los árabes, no pedimos que desaparezcan. Pedimos que desaparezca la maldad, que se rompa —como el vidrio que no puede recomponerse— el odio que amenaza la paz del mundo y la vida de nuestros hermanos.

En esta bendición se esconden dos batallas: la exterior y la interior. La exterior contra quienes buscan destruirnos; la interior contra nuestro propio ego, nuestras pequeñas rivalidades, los enojos domésticos, la envidia, la falta de compasión. A veces es más fácil enfrentar a un enemigo armado que al propio carácter. Pero es ahí donde Hashem nos pone a prueba.

Am Israel está viviendo un tiempo de din, de justicia. Hashem observa nuestra unión, nuestra responsabilidad mutua, nuestra capacidad de sostenernos unos a otros. Hoy más que nunca debemos ser un solo pueblo, con un solo corazón. La fragilidad que sentimos es la oportunidad para acercarnos, para cuidarnos, para acompañarnos.

La bendición concluye diciendo: “Baruj Atá Hashem, shover oievim u-machnia zeidim” —que Quebrantas a los enemigos y humillas a los malvados. Y también pedimos que quiebres aquello en nosotros que no nos deja crecer, que no nos deja ser humildes, que no nos deja ser mejores.

Querida comunidad: toda tefilá es bajar la cabeza y reconocer que pedimos, pero que Él decide. La humildad no es debilidad; es la mayor fortaleza espiritual. Moshe Rabbenu, el hombre más humilde de la historia, llegó a ser nuestro mayor líder justamente por eso.

Pidamos entonces, con corazón sincero, que Hashem destruya la maldad del mundo y la maldad de nuestro interior, que nos dé fuerzas para mantenernos unidos, que nos dé esperanza incluso en los días más oscuros, y que tengamos el mérito de ver pronto el día en que el mal desaparezca y la paz reine sobre Am Israel y sobre toda la humanidad.