En tiempos de oscuridad, Hashem nos regala almas luminosas. Personas que, con su fidelidad a la Torá y su valentía moral, logran hacer brillar la verdad incluso ante los poderes más intimidantes. Una de esas almas fue la de Rav Abraham Mordejai Hershberg Z”L, Gran Rabino de México, quien en 1979 —en plena Revolución Islámica en Irán— no sólo representó al pueblo judío con honor, sino que personificó los valores eternos de nuestra fe: emuná, dignidad y ahavat Israel.
En un escenario cargado de tensión, rodeado por autoridades hostiles y entre clérigos de otras religiones que se prosternaban en señal de reverencia, Rav Hershberg se mantuvo erguido. No por orgullo ni arrogancia, sino por fidelidad absoluta a la halajá y a su Creador. Así como Mordejai HaYehudí se negó a inclinarse ante Hamán, así también él se negó a prosternarse ante el ayatolá. Y como en los días de Purim, aquella postura no fue un acto de desafío político, sino una expresión de profunda identidad espiritual.
Cuando le preguntaron por qué no se inclinó, su respuesta fue clara: “Nuestra Torá nos ordena: no te posternarás. No puedo participar en un acto que no comprendo y que contradice mi fe.” Ante esa integridad, incluso el propio ayatolá Jomeiní expresó respeto, declarando: “Un hombre debe seguir su fe. Ese es el camino de los justos.”
Pero su misión no terminó allí. Rav Hershberg utilizó ese momento de apertura para interceder por la comunidad judía de Irán, una comunidad milenaria que vivía en creciente temor. Consiguió permisos para preservar símbolos religiosos, mantener la vida comunitaria, y también ayudó a organizar discretamente la salida de miles de familias hacia un futuro seguro. Arriesgó su vida, sabiendo que lo observaban con sospecha. Y aun así, no retrocedió.

Este episodio debe recordarnos algo esencial: la verdadera grandeza no siempre se manifiesta con espadas o títulos. Se manifiesta en la fuerza silenciosa de quien no se arrodilla cuando hacerlo comprometería su alma. En quien eleva su voz no para gritar, sino para proteger. En quien no busca el honor personal, sino la salvación del otro.
Hoy, más que nunca, necesitamos tomar ejemplo. Vivimos en un mundo donde los valores se relativizan, donde el temor a ser diferentes puede llevarnos a diluir nuestra identidad. Pero Rav Hershberg nos enseña que cuando uno se aferra a la Torá con emuná y humildad, Hashem le concede éxito, incluso en las circunstancias más desafiantes.
Que su memoria sea bendición. Que sus actos nos inspiren a vivir con más compromiso, más coraje y más amor por nuestro pueblo. Y que recordemos siempre las palabras del profeta Zacarías:
“No con ejército ni con fuerza, sino con Mi espíritu, dice Hashem Tzevakot.”













