Al acercarnos al ayuno de Tishá BeAv, debemos recordar que no se trata de un día más en el calendario, sino de la jornada más dolorosa y trascendente en nuestra memoria colectiva. Dos veces, en esta misma fecha, el Beit Hamikdash fue reducido a cenizas. En ella lloramos no sólo la destrucción de Jerusalén, sino también el exilio, las persecuciones, y toda la cadena de sufrimientos que atravesó Am Israel a lo largo de los siglos.
La halajá nos marca cinco prohibiciones claras: comer y beber, bañarse, ungirse con aceites o cremas, usar calzado de cuero y mantener relaciones conyugales. Estas restricciones aplican tanto de noche como de día, desde la puesta del sol de la víspera hasta la salida de las estrellas al día siguiente. Asimismo, nos abstenemos de saludos alegres, de trabajos que distraen el corazón, y de todo aquello que pueda suavizar el sentido del luto.
El estudio de Torá, que normalmente nos trae alegría y luz, también se limita en este día. Nos enfocamos únicamente en pasajes que reflejan la destrucción, el duelo y las calamidades de nuestro pueblo, como el libro de Eijá, Iyov, o las leyes de aveilut.

La seudat hamafseket, la comida final antes del ayuno, debe realizarse con sobriedad: un huevo duro o lentejas, pan y agua, muchas veces comidos en el suelo o en un asiento bajo, recordando la fragilidad de nuestra existencia y la ausencia del Mikdash.
Pero incluso en medio de la aflicción, Tishá BeAv contiene una chispa de esperanza. Nuestros sabios enseñaron que el Mashíaj nacerá en Tishá BeAv. El mismo día de mayor oscuridad es también semilla de redención. Por eso, después del mediodía, comenzamos lentamente a levantar la cabeza: se permite cierto trabajo, se prepara la comida, y algunos hasta limpian sus hogares como señal de fe en que la reconstrucción llegará.
Querida comunidad, no veamos el ayuno como una carga, sino como un privilegio: el de compartir el dolor de nuestros antepasados, y al mismo tiempo reafirmar nuestra confianza en la geulá, la redención que pronto, con la ayuda de Hashem, nos alcanzará.
Que este Tishá BeAv sea para todos nosotros no solo un día de lágrimas, sino también un paso más hacia la alegría eterna de Jerusalén reconstruida.













