Nuestros Sabios nos enseñan que la fe en el Mashíaj no alcanza si no va acompañada de un profundo deseo por su llegada. Así lo explica el Rambam en su Peirush HaMishnayot: quien cree en el Mashíaj pero no lo espera, no cumple con lo que exige la Torá. Pues está escrito en el profeta Habacuc: “Si tardare, espéralo” (Habacuc 2:3).
La emuná verdadera es aquella que anhela la gueulá. Quien entiende lo que significará la llegada del Mashíaj —un tiempo de k’vod Shamayim, cuando se cumpla “Bayom hahu yihie Hashem Ejad ushmo Ejad”— no puede permanecer indiferente. Anhelar ese día es anhelar que todo el mundo reconozca a Hashem como Rey del Universo, y que Su pueblo viva en kedushá, con alegría y fidelidad a la Torá.
La Guemará en Sotá (49b) describe señales de la época previa al Mashíaj: inflación desmedida, desprecio por los talmidei jajamim, ocultamiento de la verdad bajo mares de falsedad, divisiones entre generaciones y, tristemente, ataques a la Torá y a quienes la estudian. ¿No son estas realidades que vemos hoy con nuestros propios ojos?

Y sin embargo, no debemos caer en la desesperanza. Justamente en estos momentos la obligación de todo judío es mantener firme su fe y reforzar su tikvá. Debemos recordar que Hashem dirige cada detalle de la historia, que Él protege a Su pueblo y que cada acontecimiento forma parte del plan que conducirá, inexorablemente, a la gueulá completa.
Vivimos en una generación única: los medios de comunicación permiten que un mensaje sea escuchado en todo el mundo en instantes, algo que antes sólo podía imaginarse como un milagro. La posibilidad de que las palabras del Mashíaj resuenen globalmente ya no es una visión lejana, sino una realidad palpable.
Por eso, nuestra tarea es clara: fortalecer nuestra tefilá, vivir con emuná, y sobre todo, anhelar de verdad la llegada del Mashíaj Ben David. Que sea la voluntad del Creador que podamos verlo muy pronto, bimherá beyameinu, amén.













