Está escrito en el Talmud un diálogo entre una reina y un sabio rabino. Ella le pregunta:
—¿Qué hace Dios desde que terminó la creación del mundo?
El rabino le responde:
—Une parejas.
Sorprendida, la reina replicó que eso era una tarea sencilla, y decidió probarlo: unió 300 hombres con 300 mujeres, creyendo haber logrado en un día lo que Dios hace constantemente. Pero al día siguiente, vinieron muchos de ellos quejándose, heridos, llorando o arrepentidos. Fue entonces que comprendió la profundidad de esta labor divina.
Dios une almas. Él, que conoce los corazones, designa con precisión el destino de cada persona, incluso su pareja. Sin embargo, debemos entender que recibir algo de Dios no significa que está completo: como el alimento, que Él provee, pero cuyo valor depende de cómo lo comemos. Si uno se mancha, no es culpa del alimento, sino de la manera en que se lo ingiere.
Lo mismo ocurre con el matrimonio. Dios nos presenta a nuestra pareja, pero el trabajo de construir una vida juntos depende de nosotros: del respeto, el esfuerzo, la paciencia y el amor diario que pongamos. No es suficiente con que el otro sea “la persona correcta”. También hay que ser “el compañero adecuado”.
Las estadísticas lo reflejan: en sectores donde se vive el matrimonio como parte de un camino espiritual guiado por la Torá, los vínculos tienden a ser más duraderos. No porque esté prohibido divorciarse —de hecho, existe una mitzvá para hacerlo cuando es necesario—, sino porque se asume el vínculo con madurez, propósito y compromiso.

Permítanme compartir una historia real, sucedida en Israel hace pocos años:
Un joven buscaba su pareja, pero tenía una condición: no quería salir con una joven ashkenazí. Un día, lo citaron en el lobby de un hotel con una muchacha llamada Ribká. Llegó, encontró a una joven sentada, le preguntó su nombre y al escuchar “Ribká”, comenzaron a hablar. Hubo conexión. Mientras conversaban, a su derecha y a su izquierda, otros jóvenes también esperaban sus respectivas citas.
Al volver a casa, su casamentera lo llamó, molesta, pues la joven con la que debía encontrarse aseguró que él nunca se presentó. Fue entonces cuando comprendió: había hablado con la “Ribká equivocada”. Pero el corazón ya había decidido. ¿Quién era ella? ¿Cómo la volvería a encontrar?
Tras días de búsqueda, su casamentera lo llamó:
—Encontré a tu Ribká. Pero debo decirte que es ashkenazí.
A lo que él respondió:
—No importa. Quiero a mi Ribká.
Dios mueve las piezas. A veces sin que lo notemos, a veces incluso a pesar de nuestras condiciones, Él nos guía hacia quien debe estar a nuestro lado.
El matrimonio es una mezcla de destino y decisión, de fe y acción. Celebremos cada unión con alegría, y no olvidemos jamás que más allá de la coincidencia o el mazal, la verdadera construcción está en nuestras manos. Que podamos valorar, cuidar y hacer florecer las parejas que Hashem nos ha entregado.













