En el calendario judío, Tu Bishvat, Jamishá Asar Bishvat, es conocido como el Rosh Hashaná de los árboles. Sin embargo, es importante aclarar un punto fundamental: los árboles no son juzgados en este día. No poseen libre albedrío para decidir qué fruto dar ni cómo crecer. Tu Bishvat es, en esencia, una fecha técnica, establecida por nuestros sabios para contar la edad de los árboles, determinar sus ciclos y aplicar correctamente las leyes de la Torá relacionadas con ellos.
Y aun así, Tu Bishvat no pasa desapercibido. Porque si bien los árboles no son juzgados, nosotros sí podemos y debemos juzgarnos a nosotros mismos.

La Torá compara al hombre con “un árbol del campo”. Así como el árbol crece, echa raíces, se nutre y finalmente da frutos, también el ser humano está llamado a crecer espiritualmente, a afirmarse en valores y a producir frutos de buenas acciones.
Tu Bishvat nos invita a detenernos, aunque sea por unos minutos, y mirar con nuevos ojos aquello que damos por obvio. Una fruta simple —una manzana, una naranja— se convierte en una lección viva. Su sabor equilibrado, su jugo contenido en delicadas células, su color, su cáscara protectora: todo habla de la sabiduría, la bondad y el propósito del Creador.
Nada de esto es casual. Nada fue hecho sin intención. Y, sin embargo, solemos pasar por alto estos regalos cotidianos sin reflexión ni agradecimiento.
Por eso, Tu Bishvat puede ser vivido como un día de juicio interior, no impuesto desde el Cielo, sino elegido por nosotros mismos. Un día para preguntarnos:
¿Estoy creciendo?
¿Estoy dando frutos?
¿Soy consciente de la abundancia que Hashem pone delante de mí cada día?
Agradecer no es solo decir “gracias”. Agradecer es reconocer, es detenerse, es reflexionar, es permitir que lo material nos eleve a lo espiritual. Cuando tomamos una fruta y pensamos en Quién la creó, en cómo fue diseñada y en por qué llegó hasta nuestras manos, transformamos un acto simple en un acto de conexión con el Creador.
Que Tu Bishvat sea para todos nosotros una oportunidad de renovar nuestras raíces, fortalecer nuestra fe y comprometernos a dar frutos dulces: frutos de bondad, de gratitud y de crecimiento espiritual.
Que así como los árboles florecen en su tiempo, también nosotros sepamos florecer en nuestra vida.













