La música es un regalo maravilloso que, cuando se dirige correctamente, tiene la capacidad de elevar el alma y acercarnos a nuestro Creador. David HaMelej nos mostró el camino: él utilizó la música y el canto para expresar gratitud, plegaria y alabanza a Hashem.
Sin embargo, debemos recordar una enseñanza fundamental: la música, en sí misma, no es un fin. El versículo dice “Shiru lo, zameru lo”. Primero shirá, que significa hablar con entusiasmo, poesía y reconocimiento hacia Hashem. Luego, zameru lo, es decir, cantar con música. La Torá nos enseña, entonces, que lo primero es cultivar dentro de nosotros la capacidad de agradecer, de reconocer, de sentir y expresar gratitud.
Por eso, antes de enseñar a un niño a tocar un instrumento o a cantar melodías, debemos enseñarle qué cantar y a Quién dirigir su canto. Una música que no está acompañada de pensamientos de emuná y de agradecimiento a Hashem, se convierte en un mero pasatiempo, incluso en algo vacío que solo excita momentáneamente los sentidos.

En cambio, cuando la música nace de un corazón lleno de yirat Shamayim (temor reverente al Cielo), cada nota se convierte en un acto de avodá, un servicio auténtico al Creador. He visto tzadikim que alzaban su voz en canciones sencillas, pero cargadas de sentimiento. Esa melodía, impregnada de fe y entrega, tenía una fuerza que transformaba a quien la escuchaba.
El mensaje es claro: primero enseñemos a nuestros hijos a reconocer y agradecer a Hashem por cada detalle de la vida. Que sus palabras y pensamientos estén impregnados de gratitud. Y una vez que esa raíz esté bien firme, entonces la música se convierte en un canal poderoso, en un instrumento sagrado que refuerza la conexión con el Cielo.
Que tengamos el mérito de educar a la próxima generación en una música que no es ruido, ni mero entretenimiento, sino un cántico de amor y devoción hacia Aquel que nos da la vida.













