Las preguntas más básicas que todos nos hacemos son:
¿Dónde encuentro la felicidad?
¿Dónde consigo la alegría auténtica?
¿Dónde encuentro el éxito material?
¿De qué manera encuentro la tranquilidad matrimonial?
¿Dónde consigo una buena educación para nuestros hijos?
¿Dónde consigo una vida placentera?
La Torá nos muestra que las respuestas están adentro. No fuera, no en caminos ajenos, sino en nuestra propia esencia, en la riqueza espiritual que heredamos como pueblo.
Veamos algunos ejemplos:
Cuando el pueblo de Israel se equivocó y eligió al becerro de oro, lo hizo porque pensó que la solución debía venir de afuera. Y así también en el desierto, cuando recibían el man del cielo y aun así se quejaban por lo que faltaba. En ambos casos se repite la misma enseñanza: muchas veces creemos que la solución está afuera, pero la Torá nos enseña que lo verdadero está adentro.
A lo largo de la historia lo vemos con claridad. Líderes del mundo, incluso ajenos a nuestra fe, han recurrido a los Salmos para encontrar fuerza y protección. Presidentes de grandes naciones se aferraron a la fe en momentos difíciles, mientras que muchas veces nosotros, descendientes de David Hamelej, olvidamos el valor infinito del Tehilim. Lo que es nuestra herencia, lo que nos pertenece, no debemos buscarlo en otro lado.

La Torá es el manual más profundo para la vida. Allí están los secretos de la larga vida, los consejos para el matrimonio, la educación de los hijos, la paz y la salud. Nuestros Jajamim enseñaron que la verdadera alegría se encuentra en el hogar judío, alrededor de la mesa de Shabat, en la voz de los hijos cantando y en la plenitud de Yom Kipur. Allí está la paz, allí está la felicidad verdadera.
La solución está adentro.
No en ideologías externas, no en filosofías pasajeras, no en la búsqueda de honores vacíos. La solución está en la Torá, en sus mitzvot, en la tradición eterna que nos acompaña desde Sinaí.
Que sepamos volver siempre a nuestra raíz, que encontremos dentro de nosotros la fuerza y la respuesta a todas nuestras preguntas, y que nunca olvidemos que la verdadera plenitud nos la da nuestra Torá.













