Esta semana, al estudiar nuevamente el versículo “Éstas son las generaciones de Itzjak, hijo de Abraham… Abraham engendró a Itzjak” (Bereshit 25:19), nuestros sabios nos invitan a detenernos y profundizar. ¿Por qué la Torá repite algo que aparentemente ya sabemos? ¿Qué enseñanza eterna se esconde en esta reiteración?
Los grandes comentaristas explican que la Torá no desperdicia palabras. Cada repetición es una luz más que ilumina nuestro camino espiritual.
En primer lugar, Rashi nos recuerda que tanto Itzjak y Rivka como Abraham y Sara no podían tener hijos de manera natural. Las familias de nuestros patriarcas —los cimientos del pueblo judío— fueron edificadas únicamente a través de la Tefilá, la plegaria, y de la piedad divina.
Itzjak se ubicaba en una esquina y Rivka en otra, rezando con insistencia, con lágrimas, con constancia. Y cuando les faltaban fuerzas, cuando parecía que la naturaleza era un muro imposible de atravesar, ¿de dónde tomaron aliento? De la segunda mitad del versículo:
“Abraham engendró a Itzjak.”
Recordaron que su propio padre fue bendecido con hijos sólo después de un cambio milagroso en la naturaleza, un cambio en su propio nombre y destino.
Así aprendemos que cuando lo natural no alcanza, la plegaria puede abrir puertas que incluso parecen selladas.
En segundo lugar, nuestros sabios enseñan que Hashem aceptó la Tefilá de Itzjak —un justo hijo de un justo— antes que la de Rivka —justa hija de un hombre malvado—. No porque la plegaria de una mujer valga menos, sino porque cada alma trae consigo un legado espiritual, y la fuerza de Abraham Avinu acompañaba a su hijo en ese momento crucial.
Por eso la Torá recalca: “Abraham engendró a Itzjak.”
La herencia espiritual de Abraham fue la que abrió los cielos.

Y en tercer lugar, el versículo viene a responder a los burladores de la generación, aquellos que insinuaban que Itzjak no era hijo de Abraham sino de Avimélej. Las habladurías existían entonces como existen hoy. ¿Qué hizo Hashem? Hizo el rostro de Itzjak idéntico al de Abraham, un testimonio viviente, innegable. Pero la Torá elige mencionarlo aquí y no antes. ¿Por qué?
Porque los burladores, nos dice el Terumat Hadeshen, esperaron el momento oportuno. Cuando vieron que de Itzjak nacieron dos hijos tan distintos —Iaacov el justo y Esav el malvado—, aprovecharon para sembrar sospechas. Dijeron:
“¿Cómo un hombre justo puede engendrar un malvado? ¡Debe ser hijo de Avimelej!”
Y es entonces cuando la Torá responde con firmeza:
“Abraham engendró a Itzjak.”
Querida comunidad, cada una de estas enseñanzas nos habla directamente a nosotros.
Nos enseña que la Tefilá tiene poder incluso cuando la lógica dice lo contrario.
Nos enseña que llevamos dentro el mérito y la fuerza de las generaciones anteriores.
Nos enseña que, aunque existan voces externas que buscan confundirnos o debilitarnos, la verdad siempre prevalece.
Así como Itzjak y Rivka se aferraron a la Tefilá, también nosotros debemos fortalecer nuestras plegarias, especialmente en momentos de incertidumbre.
Así como Abraham transmitió su luz y su fe a su hijo, también nosotros debemos transmitir a nuestros hijos un legado espiritual firme y luminoso.
Y así como Hashem defendió la verdad frente a los burladores, Él sigue cuidando la verdad y la identidad del pueblo de Israel en cada generación.
Que estas enseñanzas fortalezcan nuestros corazones y eleven nuestra plegaria,
y que Hashem escuche nuestras voces como escuchó las de Itzjak y Rivka.













