La Unicidad de Hashem

Vivimos inmersos en una realidad llena de contrastes: bien y mal, éxito y fracaso, alegría y dificultad. Estos opuestos, tan presentes en nuestra vida cotidiana, muchas veces nos confunden y nos distraen de la verdad más profunda que la Torá nos enseña: la única realidad verdadera es la existencia de Hashem. Dentro de las Seis Mitzvot Constantes, aquellas que un judío debe cumplir cada día de su vida, la tercera ocupa un lugar central: recordar y vivir la Unicidad de Hashem.

Todos conocemos el Shemá, el corazón del judaísmo: “Shemá Israel, Hashem Elokeinu, Hashem Ejad”. No es solo una declaración de fe; es una forma de ver el mundo. Maimónides enseña que el nivel más elevado de sabiduría humana es comprender, aunque sea en parte, la unicidad de Di-s. Por eso lo decimos dos veces al día y aspiramos a que sean las últimas palabras que salgan de nuestra boca: porque toda la vida debe ser vivida bajo esta conciencia.

Antes de la creación, solo existía Di-s. No había nada separado de Él. Incluso después de la creación, todo continúa existiendo únicamente por Su voluntad. La gran novedad del mundo es el libre albedrío: la sensación de autonomía, la posibilidad de elegir. Esa autonomía, sin embargo, es también el mayor desafío espiritual, porque puede llevarnos a creer erróneamente que existen fuerzas independientes de Di-s.

Rabí Moshe Jaim Luzzatto explica que el propósito de la creación es el placer supremo, y ese placer es el apego a Hashem. En el mundo eterno, esa verdad es evidente; en este mundo, en cambio, debemos conquistarla. Por eso repetimos constantemente que Di-s es Uno: para romper la ilusión de la separación.

Incluso aquello que llamamos “mal” no es una fuerza autónoma. El ietzer hará no existe fuera de Hashem. Es un instrumento, un desafío diseñado para permitirnos crecer. Como un entrenador que eleva la barra para que el atleta desarrolle su potencial, Hashem nos presenta obstáculos no para hacernos caer, sino para permitirnos superarnos. Ningún desafío es mayor a nuestras capacidades.

Cuando algo nos duele, cuando una dificultad aparece en nuestro camino, solemos pensar que nos aleja de la espiritualidad. Pero la Torá nos enseña lo contrario: todo proviene de la misma Fuente y todo apunta a la misma dirección. El bien y el mal no están luchando entre sí; ambos son herramientas que nos conducen, si sabemos leerlas, hacia una mayor cercanía con Hashem.

Por eso, en la época del Beit Hamikdash, quien se recuperaba de una enfermedad traía una ofrenda de agradecimiento. Agradecía no solo la curación, sino también el proceso, porque incluso el sufrimiento formaba parte de su crecimiento. Nada es casual. Nada viene “de afuera”.

Esta mirada también transforma nuestra relación con los demás. El Talmud enseña que Adam fue creado solo para que cada persona diga: “El mundo fue creado para mí”. No como expresión de egoísmo, sino como responsabilidad. Si alguien necesita ayuda y yo estoy allí, ese desafío fue creado para mí. La unicidad de Hashem implica que no puedo dividir mi vida entre “lo espiritual” y “lo material”: todo es una sola vida, una sola misión.

La historia de Rabí Akiva lleva esta idea al extremo. Mientras sufría el martirio, recitaba el Shemá con alegría. No porque despreciara la vida —nadie valoró más la vida que él— sino porque entendía que incluso ese momento formaba parte de la Unicidad de Hashem. Estaba dispuesto a entregar incluso su posibilidad de seguir creciendo, solo por cumplir la voluntad divina. Ese es el nivel más elevado de emuná.

Cuando interiorizamos que Hashem es Uno, el miedo se disuelve. Nada ocurre fuera del plan divino. No hay fuerzas ocultas, no hay accidentes espirituales. Solo hay mensajes, desafíos y oportunidades para acercarnos más. Esta conciencia trae menujat shalom, una paz interna profunda, una seguridad que no depende de las circunstancias externas.

Que podamos vivir con esta claridad cada día, recordando que no hay nada fuera de Hashem, que todo lo que encontramos en nuestro camino está diseñado para nuestro bien, y que la mayor pérdida sería olvidar esta verdad fundamental: Di-s es Uno, y no hay nada fuera de Él.