En su libro Words Can Change Your Brain (“Las palabras pueden cambiar tu cerebro”), los doctores Andrew Newberg y Mark Robert Waldman demostraron cómo las palabras negativas afectan de forma real al cerebro. Usando escáneres fMRI, observaron que ante términos como “¡No!”, la amígdala cerebral activa una respuesta de estrés que interrumpe funciones cognitivas esenciales como la lógica y la comunicación.
Una palabra negativa sostenida en el tiempo puede dañar zonas cerebrales vinculadas con la memoria y las emociones. Peor aún: verbalizar esa negatividad genera más estrés, tanto en quien la dice como en quien la escucha. En cambio, las palabras positivas no sólo construyen relaciones y estados de ánimo, también reconfiguran literalmente nuestro cerebro y nuestras conexiones con los demás.
La Torá, con sabiduría milenaria, ya apuntaba a esto. Rav Tzadok HaCohen de Lublin nota que las tres haftarot que se leen antes de Tishá BeAv comienzan con “Divrei”, “Shimú” y “Jazón”, es decir, hablar, escuchar y ver. Tres actos que definen cómo percibimos y nos relacionamos con el mundo. Nuestra forma de hablar refleja quiénes somos, y como explica el Maharal, la voz humana nace justo en la unión entre cuerpo y alma: el cuello.

En la Perashá Pinjas, esa idea está presente. En la parashá anterior, Balak, Bilam intenta usar el poder destructivo de las palabras para maldecir al pueblo de Israel. Fracasa. Pero más tarde, según explica Rashi, fue Bilam quien instigó los actos de inmoralidad que desencadenaron la reacción de Pinjas. Como castigo, Bilam muere por la espada, el arma de los pueblos que no usan la palabra para elevarse. ¿Por qué? Porque intentó destruir a Israel con el habla, el arma espiritual del pueblo judío.
Hacia el final de la Perashá Pinjas se detallan los sacrificios que se llevaban al Templo. El Talmud relata un diálogo entre Abraham y Dios: Abraham teme por el futuro del pueblo si pecan y no hay Templo. Dios le responde que el estudio y la recitación de los pasajes sobre los sacrificios tendrán el mismo efecto expiatorio. Otra vez, las palabras no sólo cambian el cerebro: reparan el alma.
Así como la ciencia hoy confirma que las palabras pueden curar o dañar el cerebro, la Torá ya nos enseñó que la palabra —el ruaj memalelá, el “espíritu que habla”— es lo que nos define como seres humanos. En estas semanas, donde el calendario nos llama al duelo y la reflexión, recordemos esto: cuidar nuestras palabras es cuidar nuestra esencia.













