Los Ojos Del Corazón

“Mi Presencia reposará entre los hijos de Israel y seré para ellos su D-s. Y sabrán que Yo soy Hashem, su D-s, el que los sacó de la tierra de Egipto, para que Mi Presencia repose entre ellos. Yo soy Hashem, su D-s.” (Libro del Éxodo 29:45-46)

La Torá nos transmite aquí una enseñanza profunda y eterna. A simple vista, el versículo parecería estar invertido: primero debería afirmar que Hashem nos sacó de Egipto y, como consecuencia de ello, Su Presencia reposará entre nosotros. Sin embargo, el orden es otro. Primero la Presencia Divina, luego el conocimiento.

El Najmánides explica que sólo cuando la Shejiná reposa entre el pueblo se alcanza el verdadero “saber” que Hashem nos redimió. Y esto despierta una pregunta evidente: ¿acaso aquella generación no vio con sus propios ojos las plagas, la partición del mar y los milagros manifiestos? ¿Qué conocimiento adicional necesitaban?

La respuesta es que no alcanza con ver. No basta con presenciar un milagro. La fe auténtica no se limita a la información ni siquiera a la experiencia sensorial. El conocimiento debe descender al corazón.

Nuestros sabios describen tres niveles: jojmá, biná y daat. La jojmá es lo que aprendemos de nuestros maestros. La biná es cuando profundizamos y reflexionamos. Pero el daat —como explica Rashi— es conexión interior, es apego, es cuando el conocimiento se integra al corazón y comienza a dirigir nuestras acciones.

“Sabrán” no significa simplemente comprender; significa internalizar hasta el punto de vivir conforme a esa verdad.

Este mismo principio se manifiesta en el episodio del profeta Elías en el Monte Carmel, relatado en el Libro de los Reyes. Allí descendió fuego del Cielo y consumió la ofrenda. El pueblo vio el milagro y proclamó: “Hashem es nuestro D-s”. Sin embargo, Eliahu no sólo pidió que descendiera el fuego; rogó también que el corazón del pueblo se volviera hacia Hashem. Porque aun frente a lo extraordinario, el ser humano puede encontrar excusas para no creer.

La historia del faraón es prueba de ello. Vio las plagas, vio el mar abrirse, y aun así su corazón permaneció cerrado. Sus ojos presenciaron, pero su interior no aceptó.

Querida comunidad, esta enseñanza es actual y personal. También nosotros vemos a diario la bondad de Hashem. Vemos protección, sustento, oportunidades. Pero la pregunta es: ¿lo vemos sólo con los ojos o también con el corazón?

La fe palpable nace cuando permitimos que la Presencia de Hashem habite en nuestra vida cotidiana. Cuando transformamos el recuerdo en experiencia viva. Cuando el conocimiento deja de ser teoría y se convierte en guía.

Que podamos abrir los ojos del corazón. Que lo que sabemos, lo sintamos. Que lo que aprendemos, lo vivamos. Y que la Presencia Divina repose entre nosotros, no sólo como concepto, sino como realidad sentida en cada acto y en cada decisión.