Quidnunc

Deseo compartir con ustedes una reflexión profunda sobre un tema que toca la esencia de nuestras relaciones humanas y nuestra responsabilidad espiritual: el cuidado de nuestras palabras.

Hace poco me encontré con una palabra curiosa y poco conocida: quidnunc. Proviene del latín: quid (qué) y nunc (ahora), y en inglés designa a quien tiene una inclinación por el chisme o la curiosidad indiscreta. Un término peculiar, sin duda, pero cuya enseñanza es muy actual.

En nuestra sagrada tradición, conocemos bien los peligros del uso indebido del lenguaje. El Lashón Hará —la palabra mal intencionada, la calumnia, el chisme— no es un asunto menor. Nuestros Sabios nos enseñan que hablar mal de otro daña a tres personas: al que habla, al que escucha y a quien es objeto de la conversación. El Talmud, en Masejet Ketubot (6a), incluso explica que nuestros dedos fueron creados de forma que podamos tapar nuestros oídos si alguien comienza a hablar Lashón Hará. El silencio ante la maledicencia es también una forma de protección.

El gran Rabino Israel Meir Kagan, conocido como el Jafetz Jaim, dedicó su vida a enseñar sobre este tema. En su obra Shmirat HaLashon, identifica siete causas que pueden llevar a una persona a caer en esta trampa:

  1. La ira, que nos hace perder el control.

  2. El deseo de hacer reír, a expensas de otros.

  3. La arrogancia, que nos lleva a menospreciar a los demás.

  4. La desesperanza, al creer que no podemos evitar hablar mal.

  5. La influencia del entorno, cuando asumimos que está bien porque otros lo hacen.

  6. El deseo de justificar nuestras quejas o envidias.

  7. La ignorancia, por desconocer las leyes del habla correcta.

Cada una de estas causas tiene su reparación. Ya sea aprendiendo a controlar el carácter, alejándonos de ambientes negativos, estudiando las halajot del habla, o simplemente recordando que nuestras palabras tienen poder: el poder de construir y el poder de destruir.

El rey David, en Tehilim (Salmo 34), nos da una fórmula clara y poderosa:
“¿Quién es el hombre que desea vida, que ama los días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar engaño.”

Estas palabras no son una metáfora poética: son un camino concreto hacia una vida más plena, más armoniosa y espiritualmente elevada.

Queridos miembros de la kehilá, la lengua puede ser más afilada que la espada, pero también más poderosa que cualquier herramienta de sanación, si se la utiliza con conciencia. Que aprendamos a usar el habla para elevar, para consolar, para enseñar y para inspirar. Que no seamos quidnuncs, curiosos del mal ajeno, sino buscadores de paz y constructores de bondad.