Quisiera compartir con ustedes una historia que escuché recientemente y que, por su profundidad y sencillez, nos deja una enseñanza que vale la pena meditar.
Un rabino llevó a su hijo a una consulta oftalmológica, luego de una caída. Tras una revisión minuciosa, el médico, de buen humor, conversó con el niño y le explicó con detalle cómo funciona el ojo humano. El pequeño, curioso e inteligente, hizo preguntas, y el médico respondió con claridad, describiendo el proceso óptico por el cual percibimos imágenes, la función de la retina, del nervio óptico y la manera en que la información visual es interpretada por el cerebro.
Todo resultaba fascinante, y tanto el niño como el médico estaban satisfechos con la explicación científica. Sin embargo, el padre —el rabino— no se conformó. Dirigiéndose al doctor, le preguntó: “¿Y quién diseñó esta maravilla? ¿Quién creó este sistema tan complejo, tan preciso, que incluso incluye su propio mecanismo de limpieza?”
Ante esa pregunta, el médico eligió callar.
La evasión del médico es, lamentablemente, un reflejo común de nuestra generación. Vivimos en un mundo donde las personas, por conveniencia o temor, evitan ver la verdad más evidente: que detrás de la perfección del universo hay una Mano que lo creó todo. Es más cómodo atribuirlo todo al azar o a una evolución ciega que detenerse a contemplar con humildad el orden que delata un Diseñador supremo.

Nuestros Sabios ya nos hablaron de esto. En Tehilim dice David Hamelej:
“Shiviti Hashem lenegdí tamid” – “Puse a Hashem constantemente ante mí.”
Y Rashi comenta: “En todas mis acciones he puesto Su temor ante mis ojos.” Porque quien vive con la conciencia de la presencia constante del Creador, ve con claridad lo que otros prefieren no mirar.
Así como ningún aparato, por más simple que sea, puede existir sin haber sido diseñado por alguien, mucho menos el ojo humano —una maravilla de precisión y complejidad— puede ser producto del azar. Si aceptamos que un simple teléfono necesita de un ingeniero, ¿cómo podemos negar que el universo necesita de un Creador?
Pero aún más: ese Creador no solo diseñó el mundo físico. Nos entregó también un manual de instrucciones: la Torá. En ella encontramos el camino para vivir con sentido, con propósito, con conexión. Y como cualquier manual, si seguimos sus directrices, obtenemos una garantía: la bendición de una vida plena, en este mundo y en el venidero.
La historia concluye con una enseñanza profunda. El rabino sabía que no iba a obtener del médico la respuesta que buscaba, pero aun así planteó la pregunta. Porque, como se dice en el estudio del Talmud: “Una buena pregunta es la mitad de la respuesta.” A veces, dejar una pregunta abierta en el corazón del otro puede ser el inicio de un despertar.
Mi mensaje para cada uno de ustedes es este: que no tengamos miedo de ver. Que abramos los ojos no solo a la maravilla del mundo, sino también a su origen. Que no permitamos que las voces del cinismo y la indiferencia nos silencien el alma. Y que pongamos, como dice el Tehilim, a Hashem siempre delante de nosotros.













