Entre las ideas elevadas que han perdurado en nuestra tradición, pocas inspiran tanto asombro y reflexión como la enseñanza sobre los lamed-vav tzadikim, los 36 justos que, silenciosamente, sostienen al mundo. Esta creencia, profundamente arraigada en la conciencia judía, nos recuerda que la existencia humana se mantiene, no por el poder ni por el reconocimiento, sino por el mérito de almas justas y humildes, ocultas a los ojos del mundo, pero presentes ante la mirada del Creador.
Nuestros Sabios nos enseñan en el Talmud (Sotá 45b) que en toda generación existen por lo menos treinta y seis tzadikim que “reciben la Presencia Divina” —almas que, por su pureza, son recipientes del resplandor divino. A estos sabios se los identifica por el valor numérico de las letras hebreas lamed (30) y vav (6), que suman 36.
No obstante, cuando profundizamos en las fuentes, descubrimos que no hay un único número. Algunos textos mencionan treinta, otros cuarenta y cinco, incluso setenta y dos. Esta aparente disparidad no es contradicción, sino revelación: nos enseña que hay distintos niveles de tzidkut —de justicia— y diferentes tipos de conexión con la Divinidad.
El Talmud distingue entre quienes contemplan lo Divino a través de una “aspaklaria hame’irá” (una lente luminosa) y quienes lo hacen a través de una “aspaklaria she’einá me’irá” (una lente oscura). Algunos tienen acceso con permiso; otros, aún más elevados, entran sin pedirlo. Hay quienes son llamados “tzadikim completos”, y entre ellos, incluso uno que es yesod olam, el pilar de la existencia. Cada uno cumple una función única en el entramado espiritual del universo.

Y sin embargo, el rasgo más llamativo de estos tzadikim es su ocultamiento. La mayoría no son líderes visibles, ni maestros conocidos. Son individuos sencillos, tal vez sentados en la última fila de una sinagoga, humildes en su comportamiento y silenciosos en su servicio. Pero su conexión con HaShem es tan intensa, tan pura, que ellos, sin saberlo, sostienen al mundo entero.
Esta idea nos transmite una lección de profunda humildad. Vivimos en una era que glorifica la exposición, la fama y la apariencia. Pero la Torá nos recuerda que la verdadera grandeza se oculta tras el velo de la modestia. Como las estrellas en el firmamento —a veces visibles, a veces ocultas— así son los tzadikim: elevados, luminosos, pero muchas veces fuera del alcance de nuestra mirada.
Los relatos sobre estos justos se multiplicaron con el tiempo, especialmente en el seno del movimiento jasídico. Rabí Eliyahu Baal Shem de Worms, y posteriormente el Baal Shem Tov, lideraron fraternidades de nistarim —tzadikim ocultos— que, bajo disfraces de artesanos o comerciantes humildes, recorrían las aldeas de Europa Oriental llevando luz, consuelo y amor al prójimo, despertando la chispa de santidad en cada alma judía.
Queridos miembros de la comunidad, el mensaje que debemos internalizar es claro: no despreciemos a nadie, pues tal vez ante nuestros ojos transita uno de estos tzadikim. Más aún, cada uno de nosotros tiene el potencial de serlo. No necesitamos reconocimiento público para tener mérito ante el Cielo. Lo que se requiere es entrega, verdad, humildad y compromiso con la voluntad de HaShem.
Que podamos vivir con la conciencia de que, en cada generación, hay almas que nos sostienen con su silencio y su pureza. Y que eso nos inspire a mejorar, a valorar al prójimo, y a buscar siempre la luz de la Torá y la presencia del Creador en cada rincón de nuestra vida.













