En la Parashá Mishpatim, la Torá nos conduce desde la majestad de la revelación en el Sinaí hacia la vida cotidiana, enseñándonos que la santidad no se limita a lo espiritual, sino que se expresa, sobre todo, en la forma en que actuamos unos con otros. Las leyes entre el hombre y su prójimo, la justicia social y la responsabilidad colectiva ocupan un lugar central en esta porción.
Uno de los principios fundamentales que aprendemos en Mishpatim es el mandato de “ajarei rabim lehatot”, inclinar la decisión según la mayoría. A primera vista, podría parecer una norma meramente práctica para resolver disputas. Sin embargo, nuestros sabios nos revelan que encierra una enseñanza mucho más profunda sobre la naturaleza de la Torá y la relación entre el Cielo y la tierra.
El famoso relato del Talmud sobre Rabí Eliezer y los Sabios nos enseña una lección extraordinaria: incluso cuando una voz celestial parece respaldar a la minoría, la halajá se decide conforme a la mayoría de los jueces. “La Torá no está en el Cielo”, proclamó Rabí Iehoshúa. Con esto, nuestros sabios nos enseñan que, desde el momento en que la Torá fue entregada, Di-s confió su interpretación y aplicación al intelecto, la responsabilidad y la integridad de los sabios de cada generación.
Esto no significa que la minoría esté necesariamente equivocada, sino que la voluntad divina se expresa a través del proceso halájico establecido por la propia Torá. La halajá no es solo una verdad abstracta, sino un camino vivo —halajá significa “caminar”— que guía al pueblo de Israel en la práctica diaria.

En nuestra época, en ausencia del Sanedrín, este principio sigue vigente. La tradición halájica se construyó sobre la base de grandes sabios que asumieron la responsabilidad de decidir para sus comunidades. De allí la enseñanza de nuestros sabios: “Hazte de un Rabino”. Seguir una autoridad rabínica no es una renuncia al pensamiento personal, sino una expresión de humildad y de pertenencia a una cadena viva de Torá que se transmite de generación en generación.
Mishpatim nos recuerda que la Torá no fue dada para crear confusión, sino orden; no para dividir, sino para unir; no para quedar en el plano teórico, sino para ser vivida con coherencia y compromiso. Seguir a la mayoría, y a la vez contar con un guía espiritual claro, nos permite vivir una vida de Torá con estabilidad, claridad y paz interior.
Que tengamos el mérito de estudiar esta parashá con profundidad, de aplicar sus enseñanzas con honestidad y de fortalecer nuestra confianza en la sabiduría de la Torá y de quienes la transmiten. Que así construyamos una comunidad basada en la justicia, la responsabilidad y el respeto mutuo.













