Una de las preguntas más antiguas y profundas que el ser humano se ha formulado es, sin duda: ¿de dónde proviene todo lo que existe? No se trata de una curiosidad intelectual menor, sino de un interrogante que toca el sentido mismo de nuestra vida, de nuestra responsabilidad moral y de nuestra relación con el Creador.
Nuestros sabios, y entre ellos los grandes pensadores del judaísmo, nos enseñaron que el universo no es un accidente ni una realidad eterna que simplemente “siempre estuvo allí”. La razón humana, cuando se la utiliza con honestidad y profundidad, llega a una conclusión clara: todo lo que comienza a existir tiene una causa. Y si el universo —con el tiempo, el espacio, la materia y la energía— comenzó, necesariamente debe haber una Causa Primera que lo haya traído a la existencia.
El tiempo mismo nos da testimonio de ello. Vivimos en un mundo de procesos, de cambios, de causas y efectos. Pero una cadena infinita de causas hacia el pasado es lógicamente imposible. Si el pasado fuera verdaderamente ilimitado, jamás habríamos llegado al presente. El hecho mismo de que hoy estemos aquí, viviendo este momento, demuestra que hubo un inicio. Y todo inicio requiere una causa.

Esa Causa Primera no puede ser parte del universo, ni estar sujeta al tiempo, ni depender de algo anterior. Debe ser eterna, absoluta, inmaterial e independiente. No creada, no limitada, no condicionada. En otras palabras, aquello que la Torá llama Di-s, Bore Olam, el Creador del mundo.
Es importante comprender que la ciencia moderna, lejos de contradecir esta visión, la refuerza. La idea de un universo con un comienzo definido —lo que la ciencia denomina el Big Bang— coincide plenamente con lo que nuestra tradición enseña desde hace milenios: que hubo un momento en el que Di-s dijo “sea”, y el universo comenzó a existir. La ciencia puede describir el “cómo” del comienzo; el “por qué” y el “quién” pertenecen al ámbito de la fe y la teología.
Ahora bien, reconocer la existencia de una Primera Causa no es solo un ejercicio intelectual. Tiene consecuencias profundas para nuestra vida diaria. Si el universo no es producto del azar, entonces nuestra existencia tiene propósito. Si hay un Creador, entonces hay valores objetivos, hay bien y mal, hay responsabilidad y hay sentido. No estamos aquí por casualidad, ni vivimos en un mundo sin dirección.
El judaísmo no nos pide que apaguemos la razón para creer. Al contrario: nos invita a usar la mente con honestidad, y a reconocer hasta dónde puede llegar. Y cuando la razón llega a su límite, allí comienza la fe madura, la fe que no contradice al intelecto, sino que lo completa.
Que sepamos vivir con esta conciencia: que hay un Creador que dio origen a todo, que sostiene cada instante de la existencia y que espera de nosotros una vida con significado, ética y santidad. Que esta claridad fortalezca nuestra emuná, profundice nuestro compromiso con la Torá y nos inspire a vivir con mayor responsabilidad y elevación espiritual.













