Los invito a una reflexión que surge de nuestras clases de Hashkafá —la visión judía del mundo y de la vida— y que toca un tema central de nuestra época: la relación entre lo que vemos, lo que creemos y lo que reconocemos como verdad. Vivimos en un tiempo donde el racionalismo, con sus métodos científicos y su exaltación de la lógica humana, se ha convertido casi en la única medida de lo que “existe”. Se nos enseña que aquello que podemos ver, medir o explicar es real; y lo que no podemos explicar, algún día lo sabremos. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos como judíos es más profunda: ¿realmente “ver” equivale a “creer”?
La ciencia describe maravillosamente los procesos. Nos explica cómo ocurre la lluvia, cómo se condensa el vapor en gotas, cómo funciona el ciclo del agua. Pero describir un fenómeno no es lo mismo que explicar su razón. Saber cómo llueve no es lo mismo que saber por qué llueve. Del mismo modo, comprender cómo se congela el agua no nos revela por qué, a diferencia de casi todos los líquidos, el agua se expande al congelarse y permite la vida en la Tierra. Esa “excepción” es, en realidad, un milagro que nos hemos acostumbrado a ver como algo normal.
Aquí está la clave: la costumbre nos adormece frente al milagro. Sembramos una semilla, la regamos, y de ella brota una planta. Lo aceptamos como un proceso natural, pero si viéramos a un muerto levantarse de la tumba lo llamaríamos milagro. En esencia, ambos son lo mismo: la vida surgiendo de la muerte, la renovación que sólo el Creador puede obrar. Pero porque estamos habituados a ver crecer plantas, dejamos de maravillarnos y olvidamos que también allí se esconde un acto divino.

El judaísmo nos enseña que el mundo —Olam— proviene de la raíz He’elem, ocultamiento. La naturaleza es el velo a través del cual Dios se oculta para que nosotros lo descubramos. Si todo milagro fuese abierto y evidente, no habría libre albedrío: el hombre sería como un ángel, sin posibilidad de elegir. Pero precisamente porque Dios se oculta, nosotros tenemos la responsabilidad de reconocerlo en lo cotidiano. La lluvia, el crecimiento de una semilla, el calor del sol, el latido del corazón: todo es milagro, aunque se repita día tras día.
El Talmud nos relata el caso de la hija de Rabí Janiná ben Dosá, quien en Shabat encendió vinagre en lugar de aceite. Él le dijo con serenidad: “Aquel que ordenó al aceite que arda, ordenará también al vinagre que arda”. Y así fue: las mechas se mantuvieron encendidas toda la noche. La diferencia entre el sabio y la gente común no es que él viera más milagros, sino que comprendía que todo —aceite o vinagre, vida o muerte, naturaleza o excepción— depende únicamente de la voluntad divina.
Entonces, la verdadera visión judía no es “ver para creer”, sino aprender a ver en cada cosa la mano de Hashem. No hay naturaleza y milagro como dos categorías separadas; todo es milagro. Lo único que cambia es si sabemos reconocerlo o no. La vida de un judío consiste en entrenar la mirada para descubrir en cada proceso lo que en verdad es: una revelación oculta de la presencia de Dios en el mundo.
Que sepamos maravillarnos nuevamente de lo cotidiano, y que cada gota de lluvia, cada hoja que brota y cada día que amanece nos recuerden que detrás de la apariencia de la naturaleza se encuentra el milagro permanente de la Creación.













