Vivimos en una época donde, pese a las estadísticas alarmantes, la mayoría de las personas aún sueña con casarse. En países como Estados Unidos, casi la mitad de los matrimonios terminan en divorcio. Imaginemos que estamos a punto de subir a un avión y el piloto nos dice: “la mitad de los aviones que despegan hoy se estrellarán”. ¿Quién se atrevería a abordar? Sin embargo, cuando se trata del matrimonio, aunque sabemos que los números son duros, seguimos adelante con la esperanza de que el nuestro será diferente.
El problema es que hemos creído, casi ciegamente, en la idea de que “el amor lo conquista todo”. El amor es vital, pero no suficiente. La experiencia enseña que se puede amar profundamente a alguien y aun así divorciarse. Lo que sostiene a una pareja a largo plazo no es solamente la emoción del amor, sino la dirección compartida de vida: objetivos en común, un sentido de misión que los dos abrazan juntos. Cuando esa brújula no está, incluso los matrimonios más apasionados pueden tambalear.

Hay quienes, al casarse, descubren que sus proyectos de vida son incompatibles. Uno quiere hijos, el otro no. Uno sueña con crecer en comunidad, el otro con una vida individualista. Esas diferencias, aunque no borren las virtudes personales, pueden minar la unión. El deseo de darle sentido a la propia vida, de vivir con propósito, supera muchas veces al amor romántico. Y cuando no se comparten los grandes fines de la vida, tarde o temprano aparece el quiebre.
Nuestros sabios ya lo sabían: la mujer respeta al hombre por la dirección que este tiene en su vida, no solo por su simpatía o talentos. Lo mismo ocurre al revés. Un compañero que “ha perdido el timón” difícilmente puede inspirar respeto y confianza. Por eso, antes de casarse, es fundamental preguntar y preguntarse: ¿dónde quiero estar en cinco, diez o veinte años? ¿Mis sueños incluyen familia, comunidad, crecimiento espiritual? ¿Coinciden con los de la persona que tengo al lado? El matrimonio no es para compartir gustos pasajeros, sino para caminar juntos hacia destinos comunes.
El judaísmo enseña que así como hay chequeos médicos periódicos, también necesitamos chequeos espirituales y existenciales. Rosh Hashaná es el gran examen anual; Rosh Jodesh, el chequeo mensual; Shabat, el semanal; y cada día, al levantarnos y al acostarnos, tenemos la oportunidad de revisar hacia dónde vamos. Si afinamos esa dirección de vida, encontraremos un compañero que no solo ame, sino que marche con nosotros en el mismo camino.
El amor es la llama que enciende, pero los objetivos comunes son el aceite que sostiene la luz. Sin un propósito compartido, la llama se apaga. Con él, el amor florece y el matrimonio se convierte en lo que debe ser: una sociedad sagrada de dos almas que viajan juntas hacia un mismo destino.













