Esta semana leemos la parashá Shelaj Lejá, donde se nos relata el episodio de los espías enviados por Moshé a explorar la Tierra de Israel. Entre sus palabras más impactantes encontramos la siguiente expresión:
“Éramos como cigarras ante nuestros propios ojos, y así también éramos ante los ojos de ellos” (Bamidbar 13:33).
La Torá, con su habitual precisión, nos enseña aquí una profunda verdad sobre la condición humana: la forma en que nos percibimos a nosotros mismos suele determinar la forma en que creemos que los demás nos perciben. Tal como explica el Rav Avraham Twerski z”l, esta percepción distorsionada puede convertirse en un ciclo autodestructivo. Una baja autoestima no solo empequeñece nuestra imagen personal, sino que incluso nos lleva a imaginar que los demás también nos ven con desprecio, aunque no tengamos evidencia alguna para afirmarlo.
El Midrash nos revela algo aún más sorprendente: Hashem perdonó a los espías por decir que se sentían pequeños como cigarras, pero no los perdonó por asumir que los demás también los veían así. ¿Por qué? Porque allí radica el verdadero error: permitir que nuestras emociones, en lugar de nuestro intelecto, definan nuestra realidad.

Rav Shneur Zalman de Liadí, el Baal HaTania, enseña que el ser humano fue dotado con la capacidad de que su mente domine al corazón. Cuando renunciamos a esa capacidad y nos dejamos arrastrar por emociones negativas —como el miedo, la inseguridad o la desesperanza— estamos descuidando un don divino.
Najshón ben Aminadav, al lanzarse al mar antes de que se abriera, nos dio una lección eterna: actuar desde el conocimiento de la verdad, aunque el corazón tiemble. Porque la fe, queridos amigos, no siempre se siente… muchas veces se elige.
En tiempos donde muchas voces nos intentan definir y etiquetar, recordemos quiénes somos realmente. No permitamos que una imagen distorsionada de nosotros mismos limite nuestras posibilidades ni nuestra misión. Si aún luchamos con la autoestima, acerquémonos a quien pueda ayudarnos a ver con más claridad —un mentor, un amigo, un maestro. Y mientras tanto, actuemos como si ya reconociéramos nuestro verdadero valor.
Porque lo cierto es que sí somos valiosos, sí somos capaces, y sí podemos alcanzar grandeza si caminamos de la mano de nuestro intelecto y de nuestra fe.













