El Zohar HaKadosh nos enseña que be’ajarit hayamim —en los días finales— la fuerza de Amalec buscará dominar el mundo. Su poder se expandirá con una intensidad tal que parecerá invencible, hasta que repentinamente llegue el Mashíaj, y con su llegada, toda esa oscuridad desaparecerá. Así como la llama que antes de extinguirse se eleva con un último resplandor, así será el final del dominio de Amalec: un brillo falso, una arrogancia que antecede su desaparición.
Esta generación está viendo cumplirse esa visión. Vivimos en un tiempo donde la duda reemplaza a la fe, donde el hombre proclama que su fuerza y su inteligencia son la fuente de todo progreso. Se idolatra la tecnología, se confía en los algoritmos más que en la Providencia, y se considera anticuado hablar de la presencia del Creador. Pero este mismo exceso, esta llama que parece crecer sin límite, es la señal más clara de que su fin se acerca.
Amalec representa la negación de Hashem dentro del corazón humano. No necesita espadas ni ejércitos, sino confusión y orgullo. Su lema es “todo es naturaleza”, su religión es la casualidad, y su profecía es el olvido. Por eso la Torá no solo nos ordena borrar a Amalec como nación, sino borrar su zejer, su recuerdo: eliminar su influencia ideológica, la raíz de la duda en la existencia de Di-s.
Nuestros sabios, como Rav Jaim y el Gaón de Brisk, enseñaron que incluso quien abriga un leve safek, una pequeña duda en su fe, ha sido tocado por Amalec. La única defensa contra esta oscuridad es fortalecer nuestra emuná, nuestra certeza en la conducción divina del mundo.

La batalla final contra Amalec no será física, sino espiritual. No será con armas ni ejércitos, sino con fe, teshuvá y ahavat Israel. Cuando llegue el Mashíaj, comprenderemos que la guerra no fue por la tierra ni por el poder, sino por el alma de la humanidad.
Aun en medio de esta ocultación, Hashem no nos ha abandonado. Los milagros siguen ocurriendo ante nuestros ojos: en Eretz Israel, donde miles de misiles caen y apenas causan daño; en cada hogar judío donde la Torá sigue viva; en cada alma que vuelve al camino del bien. Pero si no vemos Su mano, no es porque Él no actúe, sino porque hemos cerrado los ojos.
Por eso, este es un tiempo para despertar. Para no quedarnos en silencio cuando la duda se disfraza de modernidad, ni aceptar con indiferencia el vacío espiritual. Cada uno de nosotros tiene el deber de encender una chispa de fe en su entorno, en su familia, en su propio corazón.
El permiso de negar —como dice el título— está llegando a su fin. Pronto el mundo reconocerá que “Ein od milvadó”, no hay nada fuera de Él. Que todo lo que fue, es y será, responde al designio de Su voluntad.
Que el Eterno nos conceda el mérito de mantenernos firmes en esta última generación antes del amanecer, y que podamos ver pronto la redención completa de Israel, con paz, verdad y unidad.













