Hoy deseo compartir con ustedes una reflexión profunda acerca del lugar al que pertenecemos y sobre el verdadero significado de echar raíces, a la luz de nuestra Torá y de la historia eterna de nuestro pueblo.
Decimos: “El hombre no pertenece a la tierra donde nació, sino a la tierra donde echó sus raíces.” Esta afirmación contiene una verdad espiritual: no siempre elegimos el lugar donde comienza nuestra vida, pero sí elegimos —o HaShem elige para nosotros— el lugar donde nuestra vida cobra sentido, donde construimos, donde crecemos, donde dejamos descendencia, donde nuestro nombre y nuestro esfuerzo se unen al destino de un pueblo.
Este concepto lo vemos con claridad en la vida de Avraham Avinu. Su primera orden fue “Lej Lejá”, un llamado divino a desprenderse de su lugar natal y dirigirse a la tierra que HaShem le mostraría. Avraham no solo llegó a esa tierra: la caminó, la habitó, la consagró, y finalmente la compró. La adquisición de la Me’arat HaMajpelá —la cueva de Majpelá junto con sus campos— por 400 monedas de plata purísima fue la primera compra formal de la Tierra de Israel por parte del patriarca. Un acto eterno, definitivo, grabado para siempre en la Torá.
¿Por qué allí? ¿Por qué ese lugar? Nuestros Sabios enseñan que Majpelá no era un terreno cualquiera. Allí descansaban Adam y Java; allí reposarían Sara y Avraham, Rivká e Itzjak, Lea y Yaakov. Ese lugar resume el inicio, el desarrollo y el futuro del pueblo judío. Majpelá significa “doble”: doble espiritualidad, doble profundidad, doble conexión entre cielo y tierra.

Años después, David HaMelej, nuestro rey y cantor más sagrado, también reafirmó esta idea al comprar —no aceptar como regalo— el Monte del Templo. El sitio donde se construyeron los dos Baté HaMikdash, y donde pronto, con la ayuda de HaShem, veremos la llegada del Tercer Templo, fue adquirido con dinero propio. Porque aquello que se ama de verdad se adquiere con compromiso, con entrega, con honor.
Avraham se presentó ante los hititas como “ger ve’toshav”, forastero y residente. Dos identidades que en él convivían como una sola verdad: venía de lejos, pero HaShem lo había plantado allí. Y una tierra en la que HaShem planta a una persona deja de ser ajena: se convierte en su raíz, en su misión, en su destino.
Y así explica Rashi en su primer comentario sobre la Torá: la razón por la que la Torá comienza con la creación del mundo es para enseñarnos que toda la tierra pertenece a HaShem. Él decide a quién entregarla y a quién quitársela. Cuando las naciones sospechen, cuestionen o acusen, la respuesta es simple: HaShem creó la Tierra y se la entregó al pueblo de Israel como legado eterno.
Echar raíces, entonces, no es solo habitar un lugar: es cumplir un propósito. La Tierra de Israel no es una ubicación geográfica: es el escenario donde el pueblo judío despliega su espiritualidad, su misión, su historia y su futuro. Es la tierra donde HaShem nos plantó para revelar Su Nombre y Su presencia en el mundo.
Querida comunidad: cada judío, dondequiera que viva, lleva adentro un vínculo indisoluble con la Tierra de Israel. Algunos nacimos lejos; otros nacieron cerca; pero todos pertenecemos a la tierra donde nuestras raíces espirituales han sido sembradas por HaShem desde tiempos inmemoriales.
Que podamos fortalecer nuestras raíces —raíces de Torá, de mitzvot, de identidad, de amor a nuestra tierra y a nuestro pueblo— y que HaShem nos permita seguir creciendo, floreciendo y dando frutos en esta generación y en todas las venideras.













