En tiempos donde las exigencias de la vida diaria parecen no dar respiro, es fundamental recordar que los actos de gesed, de bondad y generosidad, no son un peso sino una oportunidad de crecimiento espiritual. Así lo transmitió con claridad el Jafetz Jaim, ztz”l.
Durante una estadía en Viena, un hombre acudió a su encuentro con una pregunta importante. Sin siquiera haber escuchado la consulta, el Jafetz Jaim compartió una reflexión sobre el Salmo 23: “La bondad y la benevolencia me perseguirán todos los días de mi vida”. Enseñó que, a veces, cuando uno se dedica a ayudar a los demás, siente que esas responsabilidades lo alcanzan como si lo persiguieran. Pero lejos de ser un obstáculo, eso es motivo de plegaria: pedir que esa bondad no se detenga, que tengamos el mérito de seguir haciendo el bien.

El visitante entendió, sin necesidad de formular su pregunta, que no debía abandonar su guemaj, a pesar de las pérdidas económicas o el cansancio. Comprendió que mientras uno siga entregándose por el otro, está cumpliendo con su propósito en este mundo.
De manera similar, el Baba Sali, Rabí Israel Abujatzira, supo enseñar que el honor verdadero está en dar. Cuando una joven pareja lo visitó para recibir su bendición nupcial, les preparó una comida, los rodeó de alegría, y no aceptó regalos. Al contrario: les dio dinero de su propio bolsillo, con empatía y grandeza. Porque quien entiende el valor de ayudar, no necesita ser reconocido, sólo necesita actuar.
Estas historias nos interpelan. No existe “demasiado” cuando se trata de hacer el bien. Cada acto de generosidad, cada pequeño gesto, construye un mundo más digno. Que sepamos ser dignos herederos de esta tradición, y que nuestra vida esté colmada de bondad… que no se detenga, que nos persiga.













