Relatos de Sabiduría

Hoy quiero compartir con ustedes algunas enseñanzas de nuestros sabios jasídicos, relatos simples en apariencia, pero que contienen una sabiduría profunda para nuestra vida cotidiana.

Uno de ellos habla de las dos gorras del gran Rabí de Rizhyn. Su hijo explicó que en su juventud llevaba una gorra dorada, símbolo de alegría y elevación espiritual. Pero más tarde lo vieron con una gorra negra y con cierta melancolía. ¿Cómo podía un hombre tan santo caer en tristeza, si él mismo enseñaba que la melancolía es el estado más bajo del alma?

La respuesta es profunda: a veces los grandes justos descienden espiritualmente para poder levantar a quienes están caídos. Porque no se puede ayudar a alguien desde lejos. Para rescatar un alma, hay que acercarse a su dolor.

Otro de nuestros sabios enseñó algo sorprendente. Dijo que incluso la negación de Dios tiene un propósito en el mundo. ¿Cuál? Cuando alguien acude a ti pidiendo ayuda, no debes decirle solamente: “Confía en Dios”. En ese momento debes actuar como si Dios no existiera, como si el único que puede ayudar a esa persona fueras tú. Y entonces actuar con bondad.

También se cuenta que un rabino miró al cielo y dijo:

“Ángel, pequeño ángel… no es difícil ser un ángel en el cielo. Allí no tienes que trabajar, ni criar hijos, ni luchar con las dificultades de la vida. Ven a la tierra, vive como un ser humano… y entonces veremos si puedes seguir siendo un ángel”.

Porque la verdadera grandeza espiritual no está en escapar del mundo, sino en vivir en él con rectitud.

Hay también una historia sobre un hombre muy rico que pensaba que Dios nunca podría humillarlo. Creía que su riqueza, su familia y su posición lo protegían de cualquier caída. Pero en un solo momento de confusión terminó perdiéndolo todo. Cuando fue a llorar ante el Rebe, el rabino le dijo:

“¿Ves qué fácil es para Dios hacer caer a alguien? Pero recuerda también la segunda parte de la plegaria: Dios también eleva a los que han caído”.

Y efectivamente, al día siguiente un incendio destruyó la iglesia donde estaba el documento que probaba su pérdida. Dios puede hacer caer… pero también puede levantar nuevamente.

Nuestros sabios también enseñan que debemos aprender a aceptar el sufrimiento con amor, comprender que incluso en la oscuridad puede haber una enseñanza. Y que para rescatar a alguien que está hundido en el barro, no alcanza con estirar la mano desde arriba: hay que bajar hasta donde está esa persona y ayudarla a levantarse.

Queridos hermanos, estas historias nos recuerdan algo fundamental:

la espiritualidad no se demuestra con palabras ni con títulos, sino con humildad, compasión y acción.

Que tengamos el mérito de ser personas que ayudan, que levantan al caído y que encuentran la luz incluso en los momentos más difíciles.