En estos días en los que el mundo atraviesa tensiones, conflictos y estremecimientos, debemos elevar nuestra mirada y tratar de comprender los acontecimientos desde la perspectiva de nuestra sagrada Torá. Los sabios nos enseñan que detrás de cada suceso histórico late un mensaje espiritual profundo, que nos invita no al temor, sino a la reflexión y al fortalecimiento.
Hemos recibido, en nombre del Jafetz Jaim, que nuestra generación habría de presenciar tres guerras de dimensión mundial, vinculadas —en esencia espiritual— a lo que nuestros profetas llamaron las guerras de Gog uMagog. No se trata de profecías para infundir miedo, sino de claves para entender el movimiento de la historia y la presencia de la Mano Divina en ella.
Ya hemos sido testigos de dos guerras mundiales que estremecieron al planeta. Y muchos sabios han visto en la Guerra del Golfo una tercera contienda, extraordinaria no por su duración ni por su número de bajas —que fueron sorprendentemente pequeñas— sino por el carácter global de la coalición que participó en ella. En esa protección casi milagrosa, particularmente hacia naciones que ayudaron al retorno y sostén del pueblo judío, percibimos un gesto de la Providencia.

Pero más allá de los ejércitos y los conflictos, debemos observar qué significaron estas guerras para Israel y para la historia espiritual del mundo.
Cada una abrió un capítulo nuevo:
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La Primera Guerra Mundial trajo la Declaración Balfour y el reconocimiento internacional del derecho del pueblo judío a regresar a su Tierra.
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La Segunda Guerra Mundial, con su horror inimaginable, condujo al reconocimiento del Estado de Israel.
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La Guerra del Golfo abrió caminos diplomáticos que, con todos sus desafíos, anuncian un movimiento de naciones buscando nuevas relaciones en nuestra región.
Nada de esto ocurre en el vacío. Los sabios destacaron que las tres guerras comenzaron alrededor del 9 de Av, día que concentra en sí mismo destrucción y, a la vez, el nacimiento de la esperanza. “En Tishá BeAv nació el Mashíaj”, nos dice el Midrash. Todo lo que acontece en esa fecha, para bien o para mal, está tejido con los hilos del final de los tiempos.
Y aun dentro de la oscuridad, Hashem deja señales de luz. Los profetas hablaron del día en que las naciones “convertirán sus espadas en arados”. Y en nuestros días, de manera casi poética, hemos visto compañías transformar metales de misiles en herramientas de paz: lapiceras, instrumentos industriales, tractores… No como una cita consciente del versículo, sino como una expresión de la Providencia Divina que actúa incluso a través de quienes no conocen la Torá.
¿Qué debemos aprender de todo esto?
Que Hashem conduce la historia. Que incluso cuando los protagonistas de los eventos mundiales parecen alejados de la santidad, el Creador sigue guiando el proceso hacia el momento en que las naciones reconocerán Su presencia, tal como dice el profeta Isaías:
“Y acudirán muchos pueblos diciendo: Venid, subamos al monte del Eterno…”
Queridos congregantes: estos tiempos no nos llaman a la angustia, sino a la responsabilidad espiritual. Cada uno de nosotros puede contribuir a la llegada de días mejores con teshuvá, mitzvot, y un corazón dispuesto a ver la mano de Hashem en todo lo que ocurre.













